Carlos Heller

07/01/2009

Revista Cabal - Enero 2008 
Suele decirse que los hombres pasan y las instituciones quedan, permanecen. La verdad de esta afirmación no puede ocultar, sin embargo, el hecho de que la proyección en el tiempo de algunas entidades, su desarrollo y consolidación, tienen mucho que ver con la presencia de ciertos hombres, a los cuales la historia de esos organismos está asociada de manera indisoluble.



Si pensáramos, por ejemplo, en el Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos, de cuya fundación se cumplió el 22 y 23 de noviembre medio siglo, nadie podría dejar de acudir al recuerdo, junto al de otras figuras imprescindibles, de Floreal Gorini. En el Banco Credicoop, que en marzo del año próximo cumple 30 años de existencia, ocurre algo similar con Carlos Heller. Vinculado a la entidad desde su origen, lideró su creación y fue además su primer
gerente general, función que desempeñó durante casi 27 años hasta ser nombrado aproximadamente hace dos como presidente. Su nombre y el de Credicoop están fuertemente imbricados.
Relacionado al movimiento cooperativo de crédito en su juventud, su primer trabajo allí se verificó como cajero de la caja de crédito Doctor Cetrángolo, en Vicente López, muy cerca del hospital de la misma localidad. Era el año 1963 y Heller tenía 22 años. Estuvo allí entre febrero y octubre de ese año y luego pasó -por proposición del IMFC- a una nueva caja de crédito que se abría en León Suárez, en la que se desenvolvió como responsable de su contabilidad. Esa gestión duró de octubre de 1963 hasta enero de 1964,
fecha en que Floreal Gorini le propuso ser gerente de la caja de crédito de Villa Maipú, que también recién abría sus puertas, y aceptó. Después fue subgerente de la regional Buenos Aires del Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos y luego gerente. En ese puesto lo sorprendió el proceso de formación de los bancos cooperativos del que surgió Credicoop como resultado de la fusión de 44 cajas de crédito adheridas al IMFC de la Capital y el Gran Buenos Aires.
Hombre de intensa actividad institucional y gremial -además de la que realiza en Credicoop fue vicepresidente de Boca Juniors y desde hace algunos años está al frente de la Asociación de Bancos Privados Argentinos (ABAPRA)-, Heller se muestra como una personalidad de marcada presencia en el ámbito político: fue candidato a vicejefe del gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires en las últimas elecciones y hace pocos meses fundó junto a otros dirigentes el Partido Solidario, donde piensa volcar su rica experiencia en los distintos roles que le han tocado jugar en sus casi tres décadas de gestión institucional, gremial y política. A
pesar de las múltiples vertientes por las que se desarrolla su actividad y el alto gasto de energía que ello le impone, Heller dice sentirse satisfecho con sus ocupaciones y no soportar ni una pizca de estrés." No lo tengo, porque soy muy feliz con lo que hago, responde a mi deseo más profundo y a mi vocación" contesta a la pregunta de si tanto ajetreo no lo tensa. Expositor de reconocida claridad, experto en el arte de volver sencillos o entendibles los temas complejos de la economía o las finanzas -como lo prueban las constantes consultas que le hacen los medios periodísticos-, Heller es un dirigente acostumbrado a las entrevistas, que sabe escuchar lo que le preguntan y que responde con seguridad, tratando de darle siempre la mayor profundidad posible a sus palabras, de nutrirlas con esa visión del mundo por la que el cooperativismo lucha hace tantos años y que la actual y tormentosa realidad del mundo ha revelado tan certera y necesaria de aplicación para solucionar las encrucijadas que asedian a las sociedades del siglo XXI. De esa visión filosófica están teñidas las exhaustivas respuestas que Heller brindó a las preguntas de este cronista en la hora de conversación que ambos mantuvieron hace pocas semanas en una oficina de Credicoop, en la calle Reconquista.
¿Qué evaluación le merece el hecho de que el IMFC cumpla en noviembre próximo cincuenta años de vida?
Lo considero todo un hito. Sobre todo si se miran estos cincuenta años transcurridos en la Argentina. ¿Qué fue el Instituto en su origen y en su concepción? Un intento de construir un movimiento de gestión que pudiera conciliar la atención de una necesidad concreta, en este caso el servicio financiero, con la concepción de un modelo de fuerte contenido social y con gran participación de los usuarios. No lo hizo en un momento casual. La Argentina venía en 1958 de una reforma financiera, que había terminado con el proceso de centralización de los depósitos implantado durante el gobierno peronista, como se sabe derrocado en 1955. Esa medida produjo un reacomodamiento en el universo financiero y una virtual desaparición del crédito para las pequeñas y medianas empresas. Y sucedió entonces que esas entidades al borde de la extinción decidieron autoorganizarse para resolver el problema concreto que las aquejaba. Así nació esta institución, que además le agregó al concepto de que había que unirse para luchar por una reivindicación, otro valor: que la actividad alrededor de ese tema no podía terminar allí. Era algo que Floreal Gorini siempre decía cuando hablaba de la existencia de varios tipos de cooperativismo. Hay un cooperativismo que en realidad no lo es, descartable. Se trata de una modalidad trucha que esconde bajo la forma cooperativa, pero que no cumple con sus principios. Pero, dentro de lo que es el cooperativismo auténtico existen dos líneas: aquel que ve centrada su razón de ser en la obtención de una reivindicación y no va más allá. Un pueblo, por ejemplo, que tiene un problema con un servicio público y se orga-
niza en una cooperativa para resolverlo. Ese es un cooperativismo que tal vez podría calificarse de insuficiente, pero nunca de inau-téntico. La visión de quienes crearon el Instituto fue la de otro cooperativismo, uno que, además de resolver un problema concreto, el crédito, se ocupaba de una problemática más general. Esa actitud se nota desde el principio en el Instituto. Si se busca la declaración de principios emitida por el Instituto en su fundación, se ve, desde el vamos, que es una entidad con una visión de país y de la sociedad, que concibe la articulación de lo nacional e internacional en una conjunción que ha defendido siempre los valores de la autonomía de la Nación, de la independencia política, de la justicia social, de la equidad distributiva. Eso ha estado presente en origen y a lo largo de los cincuenta años. Y desde luego, ese posicionamiento, diría global frente a la problemática nacional e internacional, hizo que el movimiento cooperativo nucleado por el Instituto fuera visualizado inmediatamente como un peligro. Por eso fue fuertemente atacado. No es casual que las últimas dos dictaduras del país, la de 1966 y la de 1976, tuvieran entre sus primeros objetivos el de golpear al Instituto y al movimiento aglutinado en torno de él. ¿Usted se refiere a las normas aprobadas inmediatamente por esas dictaduras trabajando o dificultando la actividad del movimiento?
Sí, pero aludo también a la abierta persecusión que se perpetró mediante la difamación y detención de dirigentes para perjudicar directamente al Instituto. Aquel momento fue durísimo. Como golpe a las estructuras del movimiento, el que se recibió del régimen militar de 1966 fue mucho más duro en sus consecuencias, porque llevó al cierre de muchísimas cajas de crédito. Era un movimiento que estaba en plena gestación y desarrollo, que se estaba constituyendo. Pensemos que estamos hablando del período que va de 1958 a 1966 y que por entonces había cajas de crédito que tenían apenas meses o un año o dos de vida y que estaban en pleno proceso de consolidación. El golpe fue muy tremendo y se perdió la casi mitad de las cajas de crédito, que en aquel momento debieron cerrar. Sin embargo, el movimiento se recompuso y recuperó fuerzas. Y luego vino la dictadura de 1976, la de Videla y Martínez de Hoz, que atacó por medios más sutiles, porque lo que llevó adelante fue una reforma financiera, que pretendía eliminar directamente la forma cooperativa. Ese era el proyecto original de Martínez de Hoz, que no incluía a las cooperativas. Y se produjo entonces aquella fantástica movilización que organizó el Instituto, acudiendo a la solidaridad de los usuarios, de las instituciones, de las personalidades. Siempre digo que ese fue el primer éxito de la resistencia popular a la dictadura que, recurriendo a la forma de movilización que en esa época era posible instrumentar, como fue la firma de un imponente petitorio publicado en un gran medio de difusión, generó una instancia de negociación que permitió mantener en pie la forma cooperativa. Claro que aparecieron normas regulatorias, exigencias de
ción tan amplio, con 240 filiales, que logra mantener esos valores inalterados.
Hay un pensamiento que supone que las empresas eficientes son aquellas donde no existe el diálogo participativo y las decisiones las toman pocas personas. Bueno, seguramente, al Banco lo podrían dirigir cinco personas. Podrían ser ellos los que toman las decisiones, comunican y todo lo demás. Pero, para nosotros el gran reto fue demostrar que eficiencia y democracia son posibles al mismo tiempo. ¿Usted cree que la naturaleza de esta gestión del Banco tiene un efecto simbólico desde lo político para la sociedad? Desde luego. En una sociedad donde se impusieron las ideas neoliberales y se instaló en mucha gente aquella idea nefasta de que achicar el Estado era agrandar el país, slogan que como se recordará divulgó la dictadura, en que se destruyó lo público de la manera en que se lo hizo, hay que decir que muchas de las operaciones de destrucción se hicieron apoyándose en una ineficacia previa de la gestión pública. Porque esa ineficacia en la gestión de lo público tuvo que ver con el modelo aplicado mientras duró. Es por eso que nosotros, en la Propuesta Cooperativa, cuando hablamos de la gestión de lo público pensamos en un modelo que no tiene que ser una réplica de lo anterior, sino que la supere. Un modelo donde aparezca la participación de los trabajadores de la empresa, de sus usuarios y de todos aquellos sectores que tengan que ver con la particularidad de uso o explotación de cada entidad. Pongamos por caso la reestatización de Aerolíneas. Sostenemos que está bien, pero evitando repetir la experiencia anterior. Debe haber una conducción de Aerolíneas donde los trabajadores estén presentes, donde haya formas de participación de los usuarios que se relacionen con la conducción y donde, por ejemplo, exista un consejo interprovincial. ¿Un consejo interprovincial?
Una compañía aérea que da servicio en un país, con una geografía tan extendida como la nuestra, es un elemento de integración regional importantísimo y no puede estar en manos de un grupo de funcionarios más o menos eficiente. ¿Por qué no tiene que estar presente el interés de las provincias en la discusión de cuáles son los itinerarios, los recorridos? ¿Por qué todo el servicio aéreo tiene que ser hecho exclusivamente de y hacia Buenos Aires y no existen vuelos entre regiones? Probablemente hoy alguien podría decir que esos vuelos no tienen justificación, pero si existieran tal vez aparecerían otro tipo de relaciones comerciales, turísticas, flujos distintos de movimientos de ciudadanos. Por eso, hay que pensar en un modelo de gestión distinto. ¿Qué otros momentos difíciles atravesó el Movimiento Cooperativo de Crédito además de los enfrentados durante las dos últimas dictaduras del país? Los de las dictaduras fueron los más duros en cuanto a la sobrevivencia particular del movimiento. Después estuvieron los de la crisis sistémica, en particular la crisis del sistema financiero en el 2001. Ahí se vio la fortaleza de nuestro modelo frente al de la banca tradicional. Le doy un dato: en términos de cuota de mercado, de importancia sistémica, Credicoop es hoy el doble de lo que era antes de la crisis. Ya estamos arriba del cinco por ciento del nivel de los depósitos del sistema. Es espectacular. Nosotros
crecimos en participación en el proceso inmediato poscrisis y creo que eso tuvo que ver con la actitud que adoptamos, porque no nos encerramos, no tapiamos, partimos de que no éramos responsables ni culpables de esa crisis, que era sistémica y obedecía a un modelo que nosotros habíamos criticado desde su origen. Nuestra prédica a lo largo de los noventa había sido de denuncia del rol perverso que jugaba el sistema financiero en apoyo del proceso de concentración y extranjerización de nuestra economía. En nuestras memorias es muy fácil encontrar juicios muy críticos, En 1991, y parafraseando la del Instituto, nuestra memoria decía que el modelo que se estaba instalando en la Argentina iba a terminar en un proceso de concentración y extranjerización,
en el cierre de miles de pequeñas empresas, en el empobrecimiento de muchísimos trabajadores que iban a perder el empleo. Es decir, teníamos una postura totalmente crítica y contraria a ese modelo que nos daba autoridad moral y tranquilidad intelectual respecto de cómo teníamos que posicionarnos. Por eso, en vez de escondernos dimos la cara, salimos a explicar el tema. Eso no quiere decir que no hayamos tenido problemas, los tuvimos, pero menos. Y salimos fortalecidos de esa crisis y, a partir de allí, comenzó un proceso de consolidación definitiva de la imagen de Credicoop como una entidad financiera fuertemente enraizada y consolidada.
¿Usted cree que la confianza en el modelo de gestión tuvo una influencia decisiva en ese impulso? Y también el conocimiento. ¿Qué hicimos nosotros en el 2002? Convocamos a nuestros dirigentes, funcionarios y empleados y los invitamos a desplegar una intensa labor de comunicación
con todas las personas que se pudieran contactar dentro de la sociedad. Y ahí nació el proyecto de Credicoop y la Comunidad. En febrero de 2002 hicimos una convocatoria en el Hotel Panamericano donde reunimos unos mil dirigentes, funcionarios y demás sectores y poco después concretamos un acto en Parque Norte al que asistieron cientos y cientos de personalidades, desde rectores de universidades y presidentes de cámaras empresarias del sector de las apymes hasta representantes de centros comerciales y organizaciones y referentes sociales de todo el país. Allí nosotros dimos nuestra visión del problema que se vivía y pedimos que nos apoyaran. Les planteamos cómo iban a ser las cosas y también les dijimos a nuestros trabajadores que no íbamos a hacer ajustes que descargaran la crisis que estábamos viviendo sobre ellos, pero que necesitábamos que asumieran una actitud positiva y nos ayudaran resolver esto con un Credicoop que lograra mayor envergadura, que creciera. Y nos fue bien. Pienso que eso fue otra vez un gran éxito de nuestra filosofía, de nuestra concepción y de nuestro modelo de gestión. Hoy Credicoop se ha afianzado como un banco sólido y muy respetado en el medio.Y como usted dice ha crecido mucho en los últimos años. ¿Hasta cuándo puede el Banco seguir creciendo? ¿Hay algún límite para ello? Nosotros nos hemos fijado un objetivo que puede parecer ambicioso pero es del todo posible: ser el número uno de los bancos privados de capital nacional de la Argentina. Si tomáramos nuestro tamaño en el año 2000 en relación con los principales bancos del sistema y lo midiéramos con lo que es hoy esa proporción, veríamos cuánto se ha acortado esa diferencia. Por eso digo que es un objetivo absolutamente posible el que nos proponemos y estamos trabajando en un conjunto de proyectos estratégicos para lograrlo. ¿Y por qué queremos ser el primer banco nacional de capital cien por ciento argentino? Porque nos parece que sería una contribución al desarrollo de un modelo de gestión diferente. No sé en otro lado, pero en la Argentina se instaló bastante una concepción que más o menos es ésta: el cooperativismo sirve para las pequeñas cosas o para actuar como una suerte remedio frente a la crisis sistémica. Entonces, si una empresa capitalista entra en crisis para preservar la fuente laboral organizamos en su lugar una cooperativa de los trabajadores y la salvamos. Esa concepción contiene una cierta subestimación del cooperativismo como una forma de gestión apta para encarar la solución concreta de los grandes temas. De ahí que haber desarrollado una gran empresa financiera sin abandonar nuestros principios y haber afianzando nuestro modelo de gestión tiene todo un contenido que se proyecta hacia la economía y hacia la política nacional, porque estamos mostrando que lo cooperativo es apto para cualquier actividad y para cualquier dimensión de esa actividad. Ese es el gran desafío y por eso tenemos comprometida toda la energía de nuestra organización.
¿Qué importancia tiene dentro de ese enfoque lo que definiríamos como labor institucional del Banco?
Nuestro Banco tiene lo que nosotros llamamos un plan de gestión integral, que reúne lo comercial, lo administrativo y lo institucional. Lo que llamaríamos la pata institucional es una cuestión fundamental porque es la que le da contenido a lo que hacemos. Si no existiera esa pata institucional terminaríamos siendo igual a los demás bancos. Esa pata es la que afianza y sostiene el sentido de la diferencia. ¿Qué tiene ella como objetivo? Ensanchar la participación de los usuarios a través de la ampliación de las comisiones de asociados, es decir tener una acción proactiva permanente para que cada vez más y más asociados se incorporen a la actividad concreta de la gestión de la entidad. Para difundir la propuesta cooperativa entre otras organizaciones de la sociedad e intervenir en forma activa en la vida, en las inquietudes y en las necesidades locales. Nosotros decimos que cada filial del banco y cada comisión de asociados deben constituirse en la entidad financiera del lugar. Vale decir: articularse como una gran entidad en la sumatoria pero donde cada una de nuestras filiales sea en sí misma una entidad que abarque el contenido de las necesidades del lugar donde actúa. Que en los pueblos y ciudades del interior, en los barrios de la ciudad de Buenos Aires, del Gran Buenos Aires o de los grandes centros urbanos, la gente, las empresas, pequeñas o medianas, las organizaciones sociales y demás sectores vean a Credicoop como su entidad, porque en la medida en que eso se logra adquirimos una pertenencia, una identidad, una mancomunión en las que nuestros intereses son los mismos que los del ambiente donde nos toca actuar. Y ésto no es una frase marketinera, es una apreciación real, verdadera. Una cuestión de principios. ¿El concepto institucional incluye la acción cultural? Por supuesto. Si usted se fija en nuestra memoria de cualquier año verá que hay siempre un capítulo dedicado a las actividades institucionales y a las personas que participan en esas actividades. Un objetivo dentro de nuestro programa de gestión institucional es que cada filial planifique esas actividades. Y de hecho así se hace. Luego está esa obra fenomenal que desarrolla el Instituto y, esencialmente el Centro Cultural de la Cooperación, otro de los grandes logros de nuestro movimiento. Hablábamos al principio del Instituto, de su legado a través de estos cincuenta años. ¿Adónde está él?Tenemos sin duda al Banco, que es la proyección institucional de aquellos principios que le dieron razón de ser. Pero el Centro Cultural de la Cooperación en ese plano no le va a la zaga. Ese es el otro gran proyecto. Y creo que, día a día, el CCC ha ido adquiriendo una presencia, un prestigio y una trascendencia notables. Hoy es un espacio de actividad de una amplitud y de una diversidad, que no sé si hay otro igual en el país. Su actividad política en los últimos años es de público conocimiento. ¿Cuál es la contribución que el recientemente formado Partido Solidario puede hacer para el mejoramiento del país? ¿Y
en qué medida está en él presente la filosofía cooperativa?
Si exploramos en las ideas fundacionales de quienes crearon al Instituto Movilizador es inevitable y coherente pensar en que la aspiración de tener una expresión en la política no es ajena a la gestión del cooperativismo. Lo que pasa es que hemos estado en la mayor parte de estos cincuenta años tratando de defendernos, de sobrevivir, y entonces nos acostumbramos a creer que ese era el espacio. Hay que empezar por decir que la política no es una mala actividad. Como no lo es la sindical, que es imprescindible. En todo caso, podríamos imaginar formas de mejorar esas actividades para que sirvan a sus verdaderos fines, pero no calificarlas en sí mismas de malas. Soy de la opinión de que podemos aspirar a una mejor gestión política. Pero, para que sea así, las mejores personas, las que tienen buenas ¡deas e intenciones, deben dedicarse a la política. Si ellas se encierran y no participan, la política no va a cambiar. Van a seguir predominando los otros, los que la desnaturalizan. En nuestro caso llegamos a la conclusión de que esta idea de justicia distributiva, de gestión participativa, que encierra la filosofía cooperativa, podía volcarse en una expresión política. Y si bien la actuación en una entidad así y en el cooperativismo no son para nada tareas incompatibles, hay que decir que esta expresión política no tiene ninguna relación con el Banco ni con el Movimiento Cooperativo, de los que es absolutamente autónoma. ¿Cómo se lograría esa separación? Tenemos que cuidarnos de no mezclar. El Banco no tiene que participar en política ni sus recursos estar al servicio de un proyecto político, pero los ciudadanos que tenemos responsabilidad de conducción en una organización cooperativa hemos adquirido legitimidad pública como para intentar proyectar en el terreno de lo político todo lo que hemos mostrado que se puede hacer en el terreno de la gestión cooperativa. Y lo que intentamos aportar, me atrevería a decir, no solo es útil, diría también necesario, porque en la medida en que logremos consolidar una fuerza política importante basada en estas ideas, en estos principios, seguramente haremos un gran aporte para construir una Argentina mejor, más justa, más solidaria, más equitativa, tema del que todos hablan, pero que requiere se lo lleve a la práctica a través de políticas concretas. A mí me parece, e invito a que lo pensemos, que esta situación a la que hemos arribado es como una consecuencia natural del proceso de consolidación y de haber pasado de una etapa defensiva a otra superadora, en la que aspiramos a una construcción de mayor envergadura, que sea una representación política de nuestra filosofía. Es lo que tratamos de construir. Lo cual no quiere decir que para ser dirigente o formar parte del Credicoop haya que estar adscripto al Partido Solidario o tener vinculación o militancia. Son espacios absolutamente autónomos que deben desarrollarse cada uno a partir de las vocaciones. Lo que sí no son contradictorios ni estancos, el que está aquí puede estar allá y viceversa.
¿Qué le diría a quienes afirman que el sentido común marca que la política debe ser hecha por políticos?
En principio que hay que tomar con mucho cuidado ese concepto de sentido común, que con frecuencia es construido y termina siendo un andarivel por donde se escurre el pensamiento del statu quo. O no es nada más que una lámina superficial que enmascara verdades más profundas que no se ven. Por eso tengo una actitud preventiva respecto del sentido común, porque avalarlo siempre sería tanto como aceptar que hay una cierta forma rígida e inevitable en que se cumplen los hechos, una lógica que es así y no puede ser de otro modo. Siguiendo esa lógica se llega al pensamiento que usted marca en la pregunta. ¿Quiénes tienen que hacer política? Atendiendo al sentido común responderíamos: los políticos. Parecería entonces que hay políticos profesionales, que son los que deben abocarse a eso que se llama política. ¿Y de dónde salen los políticos? De los repollos no salen, salen de la sociedad. Y allí todos tenemos derechos. Y para defenderlos debemos acudir a la política. De ahí que estaría muy bien que las organizaciones de representación de los trabajadores, de los empresarios, tuvieran su expresión en la política y generaran referentes y líderes relacionados con la política y dispuestos a asumir esos espacios. Así como existen cuotas de representación femenina para las listas de candidatos, debería asegurarse representación política a aquellos sectores. ¿Qué aseguraría eso? Eso aseguraría en la institucionalidad del país una representación más profunda, más acorde con lo que es su verdadera realidad. Porque sino es como si la política fuera un territorio exclusivo de los políticos y los demás debiéramos verla desde una platea o en casa por TV, sin interesarnos por cómo se resuelven los problemas vitales de la sociedad, los que nos atañen a todos. Y que sólo nos correspondiera colocar el sobre con un voto cada cuatro años para designar al político de turno que se postula como administrador del Estado. No, no es así. El ciudadano debe meterse y participar en política. En todo caso, el defecto de la política es la baja participación ciudadana y concebirla como un mero acto de elección y no de participación. Y eso es lo que tenemos que combatir y lo que intentamos ayudar a cambiar desde esta experiencia que tratamos de construir. El mundo se ha conmovido por la fabulosa quiebra de los bancos de los Estados Unidos. ¿Cómo cree que repercutirá ese fenómeno aquí y en el resto del planeta? ¿Esta crisis presenta una oportunidad real de cambiar el modelo? Mientras hacemos esta entrevista, algunos hechos están pendientes todavía de desenlace. Corremos el riesgo de estar algo desactualizados al momento de la publicación de la nota. Pero, pensemos un poco en general. Esta crisis ha puesto en evidencia en toda su dimensión la perversidad del sistema. Nosotros hemos denunciado en forma permanente esto que se ha llamado la globalización financiera. Y la denunciamos siempre como algo
muy perverso. Me acuerdo que en los primeros años de los noventa me invitaron a participar en un seminario cooperativo que se hizo en México y en mi intervención puse mucho énfasis en la crítica al poder neoliberal y la globalización financiera, que estaban en pleno auge y provocando consecuencias que en México se podían notar con mucha claridad. Cada disertante tenía un moderador que, entre otras cosas, recibía las distintas preguntas de los participantes y las unificaba. Tengo presente que recibí cerca de 120 preguntas, que en su mayoría me pedían que ampliara mis conceptos acerca de por qué era tan crítico de la globalización financiera. Y a mí se me ocurrió contarles a los que me preguntaban un hecho que me había sucedido pocas horas antes. Debo decir que al terminar mi relato recibí uno de los mejores aplausos de mi vida. Fue muy emocionante. Esa mañana al poner la televisión había visto en un canal de noticias mexicanas a un sacerdote parado frente a un muro blanco lleno de cruces y coronas al lado de ellas. Este religioso decía algo así como que esas cruces no eran de delincuentes, sino de ciudadanos mexicanos que, buscando el trabajo que no tenían de este lado del muro, habían tratado de pasar al otro lado y fueron cazados a tiros, como ratas. Y yo dije a la audiencia: esa es la globalización financiera que yo no quiero, la que permite el libre tránsito de los capitales pero levanta murallas y mata a tiros a los que tratan de atravesarlas. El ejemplo se entendió porque estábamos justo en un lugar de frontera caliente en el que uno de esos muros infames se había levantado. Durante años nos vendieron espejitos de colores diciéndonos que ese era el mejor sistema del mundo. Sí, nos engañaron con la teoría de un famoso derrame que nunca llegó, nos engañaron con la teoría de la privatización, con todo lo
que nos fueron implantando mientras rifaban nuestras riquezas nacionales. Nos exhibían el supuesto éxito de un modelo que era completamente ficticio, especulativo, basado en consumismo sin límite, sin control. Y entonces uno se preguntaba: ¿Cómo puede ser que ésto funcione? ¿Cómo puede andar un sistema que incita a la gente a consumir lo que no necesita, simplemente porque es incitada por una publicidad desenfrenada que crea hábitos y necesidades artificiales, que genera una cultura individual, donde los chicos ya no tienen juegos colectivos sino que juegan cada uno contra una máquina? ¿Cómo puede ser que en un mundo atacado por la contaminación ambiental y que vive una crisis en la producción de combustibles y energía se fabriquen cada día más automotres, que son un factor decisivo de la polución y de gasto de esos elementos? Automóviles con motores poderosísimos que pueden funcionar a más del doble de la velocidad legalmente permitida. Las leyes permiten ir a 110 km. de velocidad máxima en todo el mundo, pero a uno le venden un auto que va al doble. Es como tener una fábrica de armas que incita todos los días a los ciudadanos a comprarlas para matarse de manera irracional. Bien, es esa irracionalidad la que hace aguas, la que está en crisis en este momento. Esa irracionalidad que llevó al método perverso de inducir al endeudamiento de los ciudadanos más allá de sus posibilidades, disfrazando modelos crediticios que parecían fáciles de pagar porque de entrada las cuotas se pagaban menos que el servicio, pero en realidad mientras se pagaba el crédito seguía creciendo. Y a medida que la situación se fue sincerando se llegó a esto. Y por eso se habló de burbuja y ahora se habla de explosión de la burbuja. Y se ve la otra cara del fenómeno. Entonces llega el Estado y procede al salvataje. Claro. Y algunos se entusiasman y dicen ahora que el gobierno de Estados Unidos se volvió estatista. No, ésta es la expresión más neta del modelo neoliberal: cuando hay pérdidas se transmiten al conjunto de la sociedad, se socializan, mientras las ganancias se privatizan. El modelo es de una perversión tal que a una de las compañías que se intenta salvar, la aseguradora IG, el Estado pretendía darle -al menos en el plan original de salvataje- un préstamo por 85.000 millones de dólares con una garantía del 80 por ciento de las acciones de la empresa. Quiere decir que si la empresa se funde, el Estado pierde, si a la empresa le va bien y se recupera cancela y se queda con todo el negocio. Este sistema siempre preserva las ganancias de las grandes empresas. Por eso digo, no sé como va a terminar esa discusión, pero una de las cosas que los demócratas le estaban exigiendo al gobierno de Bush es que introdujera ciertos cambios para que este salvataje brutal de 700.000 millones diera resultado, que los beneficios de los bancos volvieran a los contribuyentes y no quedaran en manos de los banqueros. La otra cosa que se pedía es que haya una solución para las personas endeudadas, porque acá hay un salvajate con los fondos públicos para los bancos pero no para las personas endeudadas. Es increíble que mientras el hambre crece en el planeta se trate
de salvar a los que tienen fortunas millonadas. Según la FAO resolver el hambre en el mundo cuesta 30.000 millones de dólares. No hay más que mirar el despilfarro que se hace salvando al sistema financiera norteamericano para comprobar lo pequeña que parece esa cifra frente a los 700.000 u 800.000 millones de dólares manejados por elTesoro norteamericano. También se pide bajar ios sobrecargos en los sueldos de los altos ejecutivos que rondan los 20.000 millones de dólares. Por eso digo, lo que queda en evidencia con todo esto es el tema de perversidad del modelo, de sus objetivos. En el 2002, creció en 75 millones el número de personas en situación de desnutrición en el mundo, llevando la cifra a 923 millones en todo el planeta. Como la población estimada es de 6710 millones de personas, el 15 por ciento de la población mundial pasa en la actualidad hambre. Decimos hambre, no hablamos de la pobreza, que es aún más amplia. El informe de la FAO donde están estos datos decía que el hambre ha aumentado mientras el mundo se hacía cada vez más rico y producía más alimentos que nunca durante la última década. La injusticia no puede ser pues más patente. ¿Cómo ve un utopista de los años sesenta y setenta el mundo de hoy? ¿Más difícil de cambiar? ¿Imposible de cambiar? Y si es posible cambiarlo, ¿de qué forma? Sabemos que después de la caída del Muro de Berlín y del campo socialista empezaron a florecer todas esas teorías del fin de la historia, del fin de las ideologías, la unipolaridad como una alternativa que parecía indestructible. A mi juicio, el momento al que asistimos marca el fin de esa etapa. Me parece que la unipolaridad ha entrado en una crisis irreversible. Y que el saldo positivo de esta crisis fenomenal será el surgimiento de un nuevo escenario global donde la unipolaridad no tendrá lugar. Allí tendrá que haber nuevos equilibrios globales y cambios profundos en los organismos multilaterales, para que, efectivamente, se haga realidad una nueva multilateralidad, mucho más equilibrada, sin hegemonismos como los
habidos en la última época. Ese hegemonismo ha sido uno de los principales responsables de la situación. Y habrá que profundizar justamente la búsqueda de alternativas, lo diré de la manera más amplia que pueda decirlo, no capitalistas para resolver el problema, porque si hay algo que ha quedado muy en claro en esta crisis es que la respuesta capitalista es por lo menos insuficiente para resolver los problemas de un modelo más justo de distribución de la riqueza. La riqueza sobra, lo que está es muy mal distribuida y lo que hace falta son políticas públicas que alteren ese modelo. Puede parecer una frase pero hubo un momento en que nos dejaron de considerar ciudadanos y pasamos a ser consumidores. Creo que lo que tenemos que recuperar es el rol de ciudadanos. Cuando lo logremos, muchas de estas cosas van a ser diferentes. Y recuperar el rol de ciudadanos significa establecer otras prioridades, pensar en una sociedad que se movilice no por la máxima ganancia, no por el lucro desmedido. Una cosa son los incentivos económicos normales que hacen a la necesidad de premiar las capacidades o los esfuerzos, y otra es la ambición desmedida y sin ningún tipo de control y regulación, la apropiación de la riqueza que el mundo es capaz de generar. Ese es el gran desafío que tenemos por delante. Y en esas alternativas no capitalistas, ¿cuáles son los nuevos caminos que usted supone se van a dar? Bueno, son respuestas que no están. Yo tengo una certeza: el capitalismo es incapaz de dar una respuesta eficaz a estos temas. Y después abro una enorme duda. Estamos en una gran búsqueda. ¿Qué podemos crear? ¿Qué sistema puede crear la humanidad capaz de dar una solución apropiada a este desafío de un mundo riquísimo, avanzadísimo, con un desarrollo científico y tecnológico fantástico, y que se está autodestruyendo por la avaricia, la codicia?. Porque por donde lo miremos, si miramos el medio ambiente, la guerra, el hambre, por donde lo miremos veremos que la codicia, la acumulación sin límite son los grandes responsables de lo que nos pasa.
¿Dentro de la actual situación del país qué variables hay que sean dignas de ser apoyadas y cuáles deben ser cambiadas? Hay algunas que deben ser apoyadas y otras que faltan. Estamos viviendo una etapa llena de interés, apasionante. Empiezo por decir que entre lo más atractivo y apasionante que vivimos está el proceso regional, lo que se está dando en el plano de la construcción regional. Acabamos de ver un hecho histórico. La Unión de los Países Sudamericanos (UNASUR) se reunió sin tutelajes para solidarizarse con uno de los gobiernos de la región, el de Bolivia, democráticamente elegido y plebiscitado hace poquito en una opción de democracia avanzada como es someterse a un referendo a los dos años de gestión y con un incremento notable de los votos a favor en relación a los votos obtenidos cuando fue elegido. Y sin embargo es un gobierno que está asediado por una minoría que se resiste a la posibilidad de cambios en el sistema productivo, distributivo. Frente a
este fenómeno apareció esta reacción de los países de Sudamérica sin tutelaje, reuniéndose por primera vez sin Estados Unidos, para que quede claro qué quiero decir cuando digo sin tutelaje. Me parece un hecho notable. Hace pocos días se aprobó también la reforma constitucional en Ecuador. Que es de avanzada. En Bolivia el tema de la reforma constitucional es parte de este conflicto. Estamos viendo en la región un proceso desigual, con experiencias distintas, algunas más profundas o menos profundas, pero con un nivel de voluntad de cambio y en una dirección compartida que no tiene antecedentes en la historia. Me parece que es lo primero que tenemos que destacar y celebrar. Y eso genera resistencias, contradicciones. Nosotros hemos visto en el plano local qué difícil es afectar los modelos de distribución. Y las dificultades y la imposibilidad que ha tenido el gobierno hasta aquí de avanzar en su intención de apropiarse de las rentas extraordinarias del sector agropecuario. Entonces los desafíos son amplísimos y muy complejos. Y para poder avanzar hay que crear espacios, fuerzas que representen auténticamente la expresión de los que creemos en la posibilidad de ese cambio. Respecto del gobierno se podría decir que tiene una cantidad de cuestiones positivas con las cuales nosotros nos sentimos de acuerdo y apoyamos, y que tiene otras que, más allá del discurso, muestran insuficiencias con las que somos críticos. Ahora, eso no nos hace perder la perspectiva de cuáles son las cuestiones principales en disputa. El eje principal de la disputa es si avanzamos en los grandes rasgos de este proyecto de integración regional o si retrocedemos. Y esto nos daría para hablar en extenso de cada uno de los temas. Uno ve por ejemplo cómo se critica el vínculo con Venezuela, pero nadie dice hoy que Argentina exporta 1600 millones de dólares al año cuando hace unos años le exportábamos cero. Esas exportaciones que se le hacen a Venezuela son fundamentalmente de productos manufacturados, productos industriales, de industrias completas llave en mano que se están instalando. Lo que se está llevando a la práctica es un nuevo modelo de relaciones comerciales entre los países de la región. El avance del vínculo con Brasil hacia relaciones comerciales en la moneda local es posible visualizarlo como un paso hacia la construcción de lo que terminará siendo, en un tiempo que no me animo a precisar, la moneda común del Mercosur, la moneda sudamericana. La idea del Banco del Sur apunta a la creación de un ente autónomo de financiamiento que pueda aportar los recursos para financiar las grandes obras de infraestructura, de integración regional. Sudamérica tiene superávit alimentario y energético. Si se une y aprovecha sus recursos en forma mancomunada está en condiciones más que favorables para enfrentar los retos que sospecho van a surgir en los próximos 20,30, 50 años. Esa es la razón de los ataques a estos procesos de integración. De ahí que nosotros valoremos como fundamental la defensa de ese camino.
¿Cómo ve la perspectiva de Cabal en el futuro? Respecto de las perspectivas de Cabal, uno de nuestros grandes
proyectos, la segunda empresa en importancia de nuestro grupo cooperativo, creo que es alentadora, de una gran proyección. Hace tiempo que venimos trabajando mucho junto con la gente de Cabal para que la tarjeta se convierta en un medio de pago del Mercosur o de América del Sur, dentro de los proyectos de integración de políticas públicas que nuestros respectivos gobiernos llevan a cabo. Y, sin la pretensión de igualarlo en importancia, podemos decir que, así como hay proyectos para generar entidades como el Banco del Sur, nosotros creemos que esta tarjeta, nacional, cooperativa y sin ninguna vinculación con los grandes grupos financieros internacionales, debe ser tomada emblemáticamente por los gobiernos de los países de la región. Y para eso trabajamos y vamos a seguir trabajando, porque aspiramos a que, efectivamente, en algún momento Cabal sea el símbolo del desarrollo de los medios de pago autónomos de una región que lucha por construir su propio perfil regional autónomo. Creo además que la decisión de impulsar Fraterna, que hemos compartido desde su génesis, también tiene un valor fundamental, porque marca la voluntad de vincularnos fuertemente con los sectores de la economía social, con las cooperativas de servicios públicos, con mutuales y otras organizaciones. Y esto es un paso relevante en la inserción de Cabal como medio de pago distintivo, diferenciado de otros medios de pago. Nuestro balance social, que es el más significativo, resulta pues positivo. Hemos debido encontrar niveles de eficiencia que nos permitieran competir de igual a igual con marcas poderosísimas, de un porte muy diferente al nuestro. Y lo hemos hecho bastante bien, trabajando juntos, buscando codo a codo las soluciones, complementando esfuerzos para hacer más racional la utilización de los recursos comunes. Y en ese esfuerzo hemos madurado, ya que lo que hacemos tiene cada vez más una visión integrada, de conjunto, más de proyecto común. Es cierto que existen compartimentos que tienen que ver con lo específico, pero hay un solo objetivo, que es desarrollar esta experiencia cooperativa que, no me canso de decirlo, tiene una enorme trascendencia desde el punto de vista político para nuestro país y para la región. El Banco Credicoop, Cabal y el resto de las entidades que componen nuestro grupo, han demostrado que la forma cooperativa puede ser tan eficiente o más eficiente que los modelos de gestión capitalista porque los niveles de medida de nuestra eficiencia no están ligados al último renglón del balance sino a la capacidad que tenemos de satisfacer necesidades objetivas de las personas, de las ciudades, de las entidades, de la economía social.
Alberto Catena Fotos: Gisela Romio