Página/12| Opinión
Por Juan Carlos Junio
Asistimos a la imposición del “axioma del Toto”: hay desinflación porque yo quiero. El proyecto de ley autodenominado “reformista laboral”, a pesar de que por su carácter regresivo se trata de una contrarreforma que conculca derechos consagrados, también incluye un capítulo tributario con el declarado propósito de bajar impuestos a los empresarios, entre ellos, la reducción de aportes patronales que continuará desfinanciando a la ANSES, comprometiendo más aún los recursos de los jubilados.
En la volteada, el Gobierno aprovecha para eliminar el gravamen a las entradas de los espectáculos cinematográficos y los videogramas grabados, desfinanciando adicionalmente a este sector cultural.
El esquema propuesto es anticonstitucional, ya que lo tributario requiere de un tratamiento específico del Congreso. No debiera entreverarse con otra temática, en este caso laboral. En los hechos proponen instrumentar una reforma impositiva disfrazada.
En esta materia crucial se intenta imponer el apotegma de Luis XVI, quien cuando los ilustrados Voltaire y Rousseau lo acusaron de despotismo contestó como un monarca absolutista: “Es legal porque yo quiero”. Ocurrió dos años antes de la gran Revolución de 1789 y de su impensado paso por la guillotina. En ese momento nada presagiaba que su poder y legitimidad indiscutidos serían arrasados por una rebelión popular que cambiaría radicalmente la historia.
A estos gobiernos autoritarios de las corporaciones, el capitalismo hegemónico se afana en imponerlos en todo el planeta. A partir de la reunión de los supermillonarios en Suiza, la OXFAM señaló que el ritmo de incremento de sus fortunas avanzó más que la economía de sus respectivos países. Sigue firme aquel malhadado axioma: el avance de la riqueza extrema genera obligatoriamente el de la pobreza extrema.
El informe de la prestigiosa ONG agrega un dato estremecedor: 12 supermillonarios acumulan riquezas equivalentes a las de 4 mil millones de personas, más de la mitad de la población mundial. Concluye con una ponderación política: este desmadre incontrolable de la concentración de las riquezas, condiciona aceleradamente la auténtica vida democrática.
Fueron muy escasos quienes asistieron a escuchar al exótico presidente argentino en la jornada Suiza. Eso sí, en la reunión a puertas cerradas lo aclamaron. La voz más destacada fue la de la magnate española Ana Botín, dueña del Banco Santander, quien afirmó exultante: “durante 25 años invertimos sin lograr dividendos” (un bolazo innecesario). “Ahora comenzamos a obtener ganancias que inclusive podremos sacar fuera del país”.
Milei sintió que debía responder la ovación de los potentados del mundo con una coherencia ideológica propia de tiempos trumpistas: “América pagará su deuda civilizatoria mostrando gratitud hacia quienes debemos la identidad y los valores”. Así, transformó en virtud la conquista colonial hispana que durante más de tres siglos succionó las riquezas del continente, esclavizó y practicó el genocidio de millones de seres humanos de los pueblos originarios. Fueron los revolucionarios de Mayo quienes terminaron con los “civilizadores”, inspirados en los principios de Libertad e Igualdad, dando inicio a una nueva época.
A nivel local, el lance pichettotista, autopercibido inspirador de una opción política de centro como alternativa al mileísmo, convoca a repasar el tema crucial de la creación de una opción política que saque al país del actual marasmo generado por la ultraderecha.
Este conservador que viene a “renovarnos” sentenció: “Kicillof debería cambiar sus ideas si quiere ser alternativa”, convocando a adaptarse nuevamente a la actual fase capitalista de la burguesía local, socia subordinada a Wall Street. Nada nuevo. Ya lo hicieron los cultores de la tercera vía, socialdemócratas que se deslizaron hacia modelos neoliberales, para luego ser expulsados y derrotados en las urnas por sus propios votantes. También lo transitaron los proyectos de signo popular, cuyas gestiones fueron condicionadas por el “nosepuedismo”. Esa variante “realista” del “no hay condiciones” excluye toda visión de avanzar con acciones, y sus consecuentes debates hacia verdaderas reformas que salgan al encuentro de las demandas y expectativas de la mayoría del pueblo, tanto de los núcleos humildes, como de las clases medias; ambos con amplias franjas en tránsito hacia la bancarrota en sus niveles de vida y en expectativas sobre el futuro propio y de sus hijos. Estos políticos reaccionarios, que no trepidan en integrar una fórmula presidencial con un derechista, antiperonista y anticomunista cerril como M. Macri, ahora vienen a dar cátedra.
Ya conocemos la idea de modernidad y su pulsión a convocar a las fuerzas populares y progresistas a quebrarse y someterse al papel de segundones de las construcciones electorales que van inventando en cada coyuntura, funcionales a los intereses de las derechas. Estos exponentes del pragmatismo, por momentos fungen de opositores, pero levantan la mano para aprobarle a las corporaciones normas estratégicas como la Ley de Bases.
Somos conscientes que las fuerzas políticas, sociales y culturales estamos compelidas a salir de la actual situación de incertidumbre y defensiva.
Las frustraciones económicas y los sueños de progreso de la ciudadanía están siendo canalizadas por la ultraderecha, inculcando odio, fanatismos y un ensimismamiento extremo, con las redes como principal instrumento.
La salida habrá que ir construyéndola en este 2026 desde las bases sociales naturales y sus necesidades vitales, como el empleo, cada día más amenazado por el cierre de empresas, la pérdida de ingresos salariales, las graves consecuencias de la parálisis de la obra pública y el tótem del superávit, a partir del cual destruyen las universidades, la educación pública, los hospitales, nuestra cultura, la ciencia, y las políticas de género, diversidades y derechos humanos.
Los derechos sociales que están siendo avasallados no se crearon por obras benévolas de los gobiernos, sino que fueron conquistados por el pueblo, tanto en las calles y las plazas, como en las urnas.
Seguimos pensando que la respuesta a la actual encrucijada no pasa por conservadurismos “realistas”, sino por propuestas de proyectos políticos y programáticos de transformación social y cultural que convoquen a las mayorías ciudadanas a nuevas esperanzas comunes.