Boden 2012: de símbolo del mal a prueba de la recuperación del país

08/08/2011

Por Carlos Heller

Días atras se canceló la anteúltima cuota del Boden 2012 con reservas del Banco Central, como se viene haciendo desde el año pasado. Hace poco menos de diez años -algo muy reciente en nuestra historia- los Boden fueron el símbolo de uno de los momentos más dramáticos que le tocó vivir a la Argentina: la salida de los famosos “corralito” y “corralón”· En aquel momento, el Estado les ofreció a los titulares de los depósitos bancarios, como estrategia para conservar el valor de los mismos, canjeárselos en dólares con un bono a pagar en 10 años. En otras palabras, les pidió un crédito para mantenerle el valor de la moneda. Así, los que creyeron en esta solución salieron mucho más beneficiados que aquellos que decidieron hacerle juicio al Estado, porque esta solución fue claramente más ventajosa a partir de que el país empezó a funcionar. Es decir, los que creyeron que el país se podía recuperar y apostaron a los Boden, fueron cobrando en cuotas, más los intereses.

Y a propósito del pago de esta anteúltima cuota con fondos del Banco Central, algunos diarios, como Clarín, titularon resaltando que las reservas habían caído 1.400 millones de dólares y que ahora el total de las mismas quedaban más de 1.500 millones de dólares por debajo de lo que habían terminado en 2010. Pero lo que esta comparación sugiere es engañoso, porque lo que no explica Clarín es que luego de realizar este pago a la Argentina le quedan reservas por alrededor 600 o 700 millones más que los que tenía el 3 de agosto del año pasado, después de haber pagado la octava cuota de los Boden.

Esto evidencia que el plan trazado en aquel momento se viene cumpliendo con éxito aprovechando la buena situación que tiene la Argentina -por el ingreso de divisas producto de las exportaciones, entre otras cosas- que le ha permitido al Estado, al Banco Central, acumular reservas y contar con recursos suficientes para enfrentar estas obligaciones sin tener que hacer lo que pedían los que se oponían al uso de reservas, que era, ni más ni menos, que ajustar, que achicar los gastos. Lo que le ocurre en la actualidad a España, a Portugal.

Pero la Argentina tomó una decisión distinta, valiente: se plantó en el momento de la negociación de su salida del default y exigió una enorme quita de la deuda, importantísima, la más grande quita que se ha logrado en una negociación de deuda en la historia y que generó un nuevo escenario. Yo mismo pensaba que la deuda de Argentina iba a pesar sobre nuestros nietos y, sin embargo, hoy el tema de la deuda desapareció del escenario.

No obstante, hay que comprender que tanto el default como el corralito fueron consecuencias inevitables de las políticas aplicadas con anterioridad. Antes aún de que Rodríguez Saá anunciara que la Argentina no estaba en condiciones de pagar. El modelo de los 90 funcionó sobre la base de que existía financiamiento internacional ilimitado y que el déficit que se generaba era cubierto permanentemente por nuevos endeudamientos. Luego del fracaso de López Murphy, el ex presidente De La Rúa convocó a Domingo Cavallo y lo mandó a Estados Unidos creyendo que su prestigio ante los organismos financieros internacionales le iba a permitir obtener dinero fresco, pero ocurrió que Cavallo volvió con las manos vacías. Eso fue el acabose.

¿Ya nos olvidamos de los patacones, de las cuasi monedas, de todos los recursos de emisión de deuda que debieron implementar los gobiernos provinciales porque el Estado general había dejado de girarles recursos? Todo esto es reciente, pero parecería que no nos acordamos.

Hoy tenemos un país con una deuda de poco más de 40% de su producto bruto, pero de los cuales la mayor parte está en manos del mismo Estado a través del ANSES y de otros organismos. Así, la deuda verdadera, con terceros, ronda en realidad entre el 16% o 17% del PBI.

Por estos días observamos con asombro lo que ocurre en los países del Primer Mundo, pero no debemos perder de vista que, hasta no hace mucho tiempo, esa era nuestra cotidianidad: cuando el presupuesto del país primero debía ser aprobado por el Fondo Monetario Internacional y luego llevado al Parlamento. Otra postal de los dos modelos que hoy están en juego.