Página/12 | Opinión
Por Juan Carlos Junio
El grave y grotesco episodio protagonizado por el Presidente de la Nación tendrá el efímero destino de todos los actos inspirados en un afán de aventurerismo político. Su propósito es confundir al pueblo cada vez más distante y enojado con él, su hermana y los JP Morgan boys del Toto. La cadena nacional, con su claro propósito de fabricar humo, trató de capitalizar la verdadera vibración malvinera del pueblo, nacida del trapo de la Scaloneta reivindicando nuestra causa colectiva en el momento del triunfo contra los ingleses. Ese fue el auténtico acontecimiento político cultural que restituyó el sentimiento de identidad y soberanía. Ese idealismo recuperado será lo que perdure y no el oportunismo presidencial que se come cada amague de Mr. Trump. Tampoco se olvidará fácilmente aquella primera opinión de la Casa Rosada de que los jugadores estaban haciendo “populismo berreta”. Algo había que inventar para “cambiar la agenda” tomada irremediablemente por los 6 millones de hogares endeudados que no pueden pagar y la conciencia creciente de que la culpa de las angustias es por los salarios y jubilaciones en acelerado retroceso. El “no se llega a fin de mes” se torna cada vez más imparable, aunque el Presidente se burle de ello. Y la derrota parlamentaria del proyecto de extranjerización de tierras completa la caída de aprobación en la gestión del Gobierno de una parte importante de la ciudadanía.
Como aquella canción de Homero Manzi, Milei declaró “desde el alma” su admiración por el dictador Augusto Pinochet y a los pocos días manifestó, con un oportunismo inocultable, un falso espíritu malvinero y nacionalista. En su reivindicación, olvidó que en el Golpe de Estado pinochetista, inspirado por el estratega imperialista Henry Kissinger, se practicó un genocidio, miles de muertos, torturados y desaparecidos. Ninguna de esas conductas criminales le importa al Presidente argentino. Para él, lo esencial es la defensa del modelo neoliberal inspirado en los entonces economistas de Chicago que el dictador vanguardizó y representa una fuente inspiradora de su propia política. Cierto es que, como entonces, el establishment de Wall Street, la Casa Blanca y la burguesía local, incluyendo los medios de comunicación más reputados, o sea la amalgama del poder capitalista; también defienden a rajatabla el carácter inmutable del modelo económico. Se le nota por todos lados que el alineamiento malvinero antibritánico es una teatralización que no se condice con su ideología, que siempre fue de profunda y explícita admiración por Margaret Thatcher, conductora política de la guerra y exponente fundamental de la implantación del proyecto de época de los núcleos hegemónicos del poder. Así es que Milei, de fanático thatcheriano y su reconocimiento de que “ellos ganaron la guerra y nosotros la perdimos” pasó, en un patético salto de garrocha, a una postura nacionalista, soberanista, anti inglesa y pro norteamericana, crítica de la explotación petrolera de sus amigos del consorcio israelí británico. Se trata de una mezcolanza oportunista, que resultará increíble para nuestro pueblo, quien auténticamente tiene una profunda y arraigada convicción por la causa Malvinas y respeto por nuestros jóvenes muertos en la guerra infame. El incondicionalismo manifiesto de Milei a su amigo Donald, jefe del hegemonismo norteamericano en crisis, generó la mutación, cuya única motivación cierta es la tentación de Estados Unidos de desplazar al otrora imperio colonial en decadencia, en el dominio del sur de “su” continente, aplicando aquello de cambiar de amo: de la decrépita corona británica a los estrategas del Pentágono. Paradójicamente, se aplica el axioma del primer ministro inglés Lord Palmerston (1848): “no tenemos aliados eternos, ni enemigos perpetuos. Solo nuestros intereses son eternos y perpetuos”. El Foreign Office argumenta que se deben respetar los deseos de autodeterminación de los isleños. No es el caso, ya que la población de Malvinas fue implantada a partir de la usurpación. Sí lo eran los pueblos originarios de todo nuestro continente. Aquí vivían, trabajaban y construían sus sociedades culturales, religiosas y productivas decenas de millones de seres humanos durante siglos. Tanto en el actual Canadá, Estados Unidos, Centroamérica y nuestro Sur, “la solución” fue masacrarlos practicando el más grande genocidio de la historia. En el caso del colonialismo de la corona española fue con el emblema de la cruz y la espada. En el norte fue la civilización capitalista del imperio inglés, y luego de la independencia con sus colonos y los “buenos azules” que asesinaban en masa a los “salvajes pieles rojas”. Mientras tanto, la oposición, luego del amargo debate en el senado por los pliegos del juez Yadarola, continúa con su propósito de avanzar en los proyectos vinculados al problema social del endeudamiento, y los recursos para discapacidad, ya que la única respuesta del Gobierno es dilatar todo hasta el 15 de septiembre cuando se inicie el tratamiento del Presupuesto Nacional. Lejos queda la iniciativa reclamada por la Kristalina del FMI de que se instituya una reforma tributaria que acentúe la política de gravar el consumo y desgravar a los grandes propietarios y las rentas. En este punto, se aprecia en forma más nítida quienes son los ganadores y quienes los perdedores de la mentada consigna de “vamos a eliminar impuestos”. Justamente en tributos internos se dejaron de percibir $945 mil millones por la supresión del gravamen a los bienes suntuarios, o sea relojes, joyas, autos de alta gama, yates y aeronaves. El número es impresionante: casi un billón. Por la rebaja de los bienes personales a los sectores más pudientes se perdió una recaudación de $3,3 billones. Otra cifra enorme. En contraposición cuando se reclaman recursos para personas con discapacidad, hospitales, universidades, ciencia, fomento a la pymes y la escuela pública, el Presidente declaró: “no hay plata, lo único que importa es el superávit fiscal”. Tras los discursos incendiarios e insultos a granel, se desnuda quienes integran la membresía de ganadores y quienes la de perdedores.
El rechazo creciente de la sociedad, tanto desde los núcleos más humildes como de los diversos afluentes de las clases medias, junto a la gran mayoría de la sociedad democrática severamente afectada, continuará creando los vientos que disipen este nuevo humo que, como siempre, no proviene de un verdadero evento de la naturaleza, sino de un artificio para confundir y desviar a la opinión pública.