Página/12 | Opinión
Por Carlos Heller
A pocos días de que la reforma laboral comience a ser tratada en el Senado, sucede algo llamativo: no se está discutiendo el proyecto de ley en general sino sólo su capítulo impositivo.
Se puso en práctica una especie de transacción: varios gobernadores han hecho trascender que si el Poder Ejecutivo da marcha atrás con los cambios en el Impuesto a las Ganancias y su consecuente reducción de los montos coparticipables, entonces mandarían votar a libro cerrado el resto del proyecto de ley. En ese caso, no discutirían la reforma laboral, ni siquiera aquellos puntos más críticos como el régimen de indemnizaciones, las vacaciones y la ultraactividad, entre otros temas.
Son todas cuestiones que, si lograran aprobarlas, modificarían de una manera significativa las relaciones laborales. Una de las más relevantes es la anulación de la ultraactividad, es decir, el principio por el cual si hay un convenio que finaliza, el mismo continúa vigente hasta que se establezca uno nuevo. Sin la ultraactividad, por el contrario, si termina el convenio y no existe aún el que lo sustituya, la relación laboral se mantiene sin convenio.
El proyecto de reforma también insiste con la negociación por empresas en lugar de por rama de actividad, promueve el desfinanciamiento tanto de las organizaciones de los trabajadores y las trabajadoras como de las cámaras empresarias, y afecta el derecho de huelga, en la medida que casi todas las actividades son transformadas en esenciales.
Por supuesto: la reforma laboral no va a generar nuevos empleos. Porque el problema no es de legislación, es de modelo económico. El ministro de Economía, Luis Caputo, ha señalado: “no compré nunca en mi vida ropa en Argentina porque era un robo. Entonces, los que teníamos posibilidad de viajar comprábamos afuera”. ¿A quién se perjudica comprando ropa en el exterior? A los que la fabrican en nuestro país, desde la hilandería hasta la confección. Ello repercute sobre el empleo directamente. Sin embargo, para la concepción libertaria, si un producto es más barato en el exterior, hay que importarlo independientemente de que ello perjudique a la industria nacional.
Hay un segundo argumento desarrollado por el gobierno: el dinero que les sobra a los consumidores al comprar vestimenta o cualquier otro artículo importado más barato, lo pueden orientar hacia otro tipo de consumos producidos localmente. Pero estamos importando frutas, bebidas y hasta ropa y maquinaria agrícola usadas, entre muchos otros productos. ¿Cuáles son las actividades donde podría aumentar el consumo de bienes producidos en el país?
El modelo que impulsa la actual administración viene afectando de modo sistemático a la producción nacional. El Presidente lo ha dicho: su proyecto de país se basa en el desarrollo de la minería, los combustibles y el agro. Todo lo demás, según su ideario, puede ser reemplazado parcial o totalmente por mercadería importada.
No hay ninguna novedad: la M de Milei fue antecedida por la M de Martínez de Hoz, la M de Menem y la M de Macri. Es el mismo modelo que se repite con variaciones. La silla nacional que se rompía en aquella publicidad de la dictadura se puede vincular fácilmente con las declaraciones del ministro Caputo cuando afirma que compra sus prendas de vestir en el exterior. En ambos casos se valora lo importado aun cuando su consecuencia probada sea la crisis de la industria nacional.
En aquel spot emitido durante la dictadura una voz en off afirmaba: “Antes la competencia era insuficiente, teníamos productos buenos, pero muchas veces el consumidor debía conformarse con lo que había sin poder comparar” (el actor se sienta en una única silla que se rompe en varios pedazos). La voz en off continúa: “ahora tiene para elegir, además de los productos nacionales, los importados (aparecen en pantalla varias sillas distintas con la frase “made in”). Y agrega: “Esta competencia fortalece a la industria nacional. Pero cuidado, los productos importados pueden ser buenos, regulares o malos” (el actor se recuesta sobre un sillón que también se rompe). Cierra diciendo: “Ahora hay mucho más para elegir. Aproveche esta situación y compare”.
La publicidad antepone el interés del consumidor al del trabajador: el primero tendría más opciones de compra, pero en detrimento del segundo que puede perder su trabajo. Por eso, es difícil separar el interés del trabajador de la suerte del consumidor: si alguien pierde su trabajo pierde en simultáneo su capacidad de consumo.
¿Qué sucede, en este escenario, con la capacidad de resistencia de los ajustados?
Estamos ante un problema que aún no ha sido resuelto. La resistencia al modelo está fragmentada, cada sector demanda y protesta por lo que le sucede como sector. Pero, mientras los argentinos y las argentinas no entendamos que las peleas sectoriales son parte de una disputa más general entre modelos, estamos lejos de la solución. Hay un montón de luchas parciales que, por ahora, no confluyen. La consecuencia: la reacción de la sociedad es dispersa y no alcanza la potencia necesaria para ponerle un límite a las políticas gubernamentales.
Mientras, ellos tienen una meta clara: vienen por los ingresos de las clases medias y por los recursos naturales. Este gobierno ya no tiene como objetivo principal sacarles más a los pobres: ya les han sacado todo lo posible. Por eso el monto de la Asignación Universal por Hijo (AUH) no se atrasa. La parte del ingreso que buscan seguir apropiándose es la que nos diferencia de otros países de la región: es la de las PyMEs, la de los productores nacionales, la de los profesionales, etc.
Además, el gobierno firma el acuerdo “de Comercio e Inversiones Recíprocos” con los Estados Unidos, que lejos de responder a las necesidades de nuestro país tiene como objetivo principal favorecer los intereses de la contraparte, facilitando el acceso de los EEUU a los recursos naturales como las tierras raras y los materiales críticos.
Todo tiene que ver con la batalla cultural. En el mundo, en distintos países se está tratando de poner límites o directamente impedir que los menores de 16 años puedan acceder al uso de las redes. En el libro “Los Ingenieros del Caos” ―y las restantes publicaciones recientes del ensayista y novelista Giuliano Da Empoli― se ha explicado con detalle el uso de las nuevas tecnologías de la información para la formación del individualismo contemporáneo. A través de algoritmos de altísima precisión, se diseñan y se orientan para cada segmento poblacional los discursos que éstos están esperando escuchar y, en ese proceso, contribuyen a modelarles el pensamiento. Esa alianza global entre el gran capital y las plataformas tecnológicas genera un salto más en el desequilibrio comunicacional entre quienes controlan estas redes y los sectores populares, incluidas las clases medias, que las consumen a escala planetaria.
En todas las batallas hay avances y retrocesos. La situación actual es de una fuerte ofensiva de las ideas del neoliberalismo extremo, tanto a nivel local como global.
Pero no hay mal que dure cien años.