Tengo esta democracia, si no les gusta tengo esta represión

03/05/2013

Tiempo Argentino | Editorial | Grouchismo macrista

El autoritarismo está inscripto en el ADN del PRO.Esta naturaleza represiva se expresó de múltiples modos.

Por: Juan Carlos Junio

Los sucesos del Hospital Borda no pueden ser caracterizados como un desliz casual que le ocurrió a un gobierno democrático, sino como la manifestación de una ideología y de un modo de aplicarla. Si nos remitiéramos a las viejas tesis biologicistas de Cesare Lombroso, diríamos que el autoritarismo está inscripto en el ADN del PRO, y que esta naturaleza represiva se expresó de múltiples modos en estos aciagos años de gestión neoconservadora del jefe de gobierno.

Recapitulemos: la UCEP (que no es Unidad Criminal para Eliminar a los Pobres, sino Unidad de Control del Espacio Público) significó la configuración de una fuerza de choque contra indigentes, cuyos dudosos "méritos" –palizas y desplazamiento forzados de personas en situación de calle– condujeron a su disolución.

La política educativa reveló la violencia estatal como estilo de gestión. El ex ministro Mariano Narodowski, en abril de 2008 emitió un memorando prohibiendo a los docentes hacer declaraciones públicas. En los múltiples conflictos tramitados por el gobierno macrista, la vía autoritaria constituyó la modalidad predominante de gestión: la amenaza y la coacción se tradujeron en listas negras de huelguistas, demandas penales contra menores, represión lisa y llana de la protesta (como ocurrió en su momento con la carpa docente frente a la Jefatura de Gobierno). Estas acciones de gobierno no reconocieron los límites de la legalidad y la eyección de su puesto de Narodowski estuvo directamente vinculada a las escuchas ilegales realizadas por Ciro James y Fino Palacios, adquisiciones fundacionales que permiten anticipar la inspiración del rumbo de la “Macripolitana”. El nombramiento de Abel Parentini Posse, cuyas diatribas contra los jóvenes "roqueros y afectos a las drogas" y su reivindicación de la dictadura le valieron una corta estancia en el cargo; mostrando concretamente las preferencias "PROcesistas” del jefe de gobierno. Incluso, el muy tecnocrático ministro Esteban Bullrich cedió a las mismas tentaciones autoritarias cuando prohibió materiales del Bicentenario elaborados por historiadores convocados por el propio Ministerio de Educación porteño durante la gestión de Narodowski, o cuando sancionó a docentes por hacer una protesta creativa ante el cierre de cursos en escuelas primarias.

También en el plano de los desalojos de espacios en conflicto, este Ejecutivo de la Ciudad registró una patética continuidad: el recuerdo de la Huerta Orgánica de Caballito es un antecedente del "estilo dialoguista" del macrismo.

Todo esto ocurre en contradicción permanente entre las palabras y las cosas.

Mauricio Macri despliega una retórica balbuceante en la que predomina un consignismo vacío y marketinero de frases políticamente correctas: las llamadas al diálogo cual falso predicador frente a sus ovejas, son un clásico de ese manual de estilo preparado para dirigirse a "la gente".

Así, su pobre retórica, a su vez, se ve contradicha por auténticas patinadas discursivas donde se revelan sus verdaderos pensamientos. En su momento, como candidato a jefe de gobierno, Macri se sinceró planteando que su modelo como Intendente de la Ciudad era Osvaldo Cacciatore –aquel recordado dictador local que ejerció el mando entre 1976 y 1982–.

Según su particular visión de las cosas, la brutal represión de que fueron objeto pacientes, trabajadores de la salud y la prensa y legisladores, sería una respuesta legítima de la Policía Metropolitana: "Siempre estoy reflexionando si vale la pena asumir estos riesgos o ceder a los violentos, y sigo pensando que no hay que ceder" (sic).

Pero pasemos de los dichos a los hechos, con el mismo espíritu antidemocrático con que el jefe de gobierno batió el récord de vetos de leyes aprobadas por nuestra legislatura, en la que el PRO es mayoría, insiste en construir en terrenos que fueron declarados patrimonio histórico. Y no sólo eso, sino que constituyen continentes para el adecuado tratamiento de los pacientes de estos hospitales.

Unas reflexiones más sobre otro protagonista de estas luctuosas acciones de la Policía Metropolitana. Eugenio Burzaco fue el primer jefe civil de la fuerza. Este personaje había sido asesor del gobernador Sobisch en el momento mismo en que Carlos Fuentealba, maestro neuquino, fue fusilado por un disparo de la policía provincial. Macri y Burzaco fueron los que convocaron al Fino Palacios así como a agentes de la Policía Federal exonerados por conductas ilegales. Esa es la matriz de la Metropolitana.

Quizás, luego de estar cursando el sexto año de macrismo, los ciudadanos y ciudadanas, tenemos que preguntarnos si queremos una ciudad donde primen políticas que fortalezcan la convivencia y sobre esa base se vayan resolviendo los inevitables conflictos propios de una gran urbe, o bien aceptemos un deslizamiento hacia la segmentación social, discriminación a las minorías y diversidades, racismo hacia los extranjeros, desprecio a los pobres y mediocridad y oscurantismo cultural.

Y finalmente, ¿quién es el que ejerce el buen gobierno: el que dialoga de verdad y supera el conflicto pacíficamente o el que decide reprimir?

¿Quién es el auténtico demócrata? ¿El que amplía derechos a favor de las mayorías sociales, o el que los achica y restringe a favor de minorías elitistas? Claro que está en juego la democracia que tanto nos costó recuperar. La vida, ya transformada en breve historia reciente, está demostrando con las imágenes elocuentes de la feroz represión de la policía de Macri, que este Señor es un auténtico autoritario y que expresa lo contrario del verdadero sentido de la democracia. Frente a este luctuoso episodio, si recordamos la frase del ex presidente norteamericano Bill Clinton, podríamos responder con seguridad: "Es la ideología, estúpido". Si volvemos a nuestras playas porteñas, veremos que Macri peca de escorpionismo. Está en su naturaleza.