Página/12 | Opinión
Por Juan Carlos Junio
Éramos pocos y parió la burra. La pobre burra carga con el estigma por tener un período prolongado de gestación (de 12 a 18 meses) y un parto también de varias horas. El burlesco dicho popular viene a cuento, ya que el Presidente y su hermana todavía no salen de las acusaciones de corrupción a su último jefe de Gabinete, Manuel Adorni, y se les vino el oscurísimo episodio de Cerimedo. Solo que éste no sería un vulgar enriquecido por coimas y otros latrocinios de poca monta, sino un operador mercenario de gobiernos y grupos de ultraderecha, desestabilizando a candidatos y gestiones democráticas, y favoreciendo a emergentes de poderes oligárquicos, con el propósito de imponerlos en diversos ámbitos del poder, particularmente en las presidencias. El personaje, ahora preso en Bolivia, se mueve en el inframundo de las redes, envenenando con falsedades a millones de personas. El caso inesperado revive el tema de los audios del coimero Spagnuolo volviendo a expandir en amplias franjas de la sociedad la sensación o, más bien la certeza, de que la casta corrupta implantada por los medios afines no está afuera; sino adentro y arriba. Como si fuera poco, se venía de otra situación que compromete la moral pública. Una denuncia contra gobernadores “afortunados” que recibían fondos “especiales”, como reconocimiento por votarle leyes al Poder Ejecutivo. Los suertudos que habían recibido aportes extraordinarios, venían levantando sus manos a favor de leyes como la reforma laboral y contra nuestros glaciares, o bien se ausentaban o abstenían. Claro que, con las provincias opositoras el accionar del Gobierno es el contrario: negarle fondos que les corresponden. El caso más emblemático es el de la provincia de Buenos Aires gobernada por Axel Kicillof. La bronca salta porque la situación de las rutas es gravísima, están intransitables y con alto grado de peligrosidad. Todo indicaría que los fondos que debieran tener ese destino fueron aplicados a estas maniobras políticas.
Tras diez días de ostracismo presidencial luego de la doble derrota, la parlamentaria y en las calles, se esperaba algo grande pero Milei solo anunció ¡un segundo recital! Tanto misterio alrededor de la agenda y fue más de lo mismo. Como en la fábula de Esopo, luego del fenomenal estruendo, lo que finalmente hubo fue un parto de los montes que dio a luz un ratón. Al mismo tiempo, el Presidente fue el protagonista de otro llamativo suceso. Los empresarios millonarios, unánimemente cultores del modelo austríaco-neothatcheriano, gente de convicciones volubles, aplauso fácil y pronta retirada; se miraban sin ocultar su sorpresa: en plena convocatoria del Council of America, Milei se la agarró con “los pañuelos verdes” y la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo aprobada por el Congreso hace seis años. No resulta novedosa la postura del mandatario, quien aborrece integralmente la ideología feminista y manifiesta siempre sus prejuicios contra el rol social, cultural y político de la mujer ¿Será que intenta utilizar el tema del aborto para congraciarse con la Iglesia y limar las críticas públicas de los obispos a las graves consecuencias sociales del modelo; atendiendo a su preocupación por el impacto de la próxima visita del papa León XIV? ¿O bien se trata simplemente de uno de los frecuentes brotes de odio, ya que también agravió a los periodistas “ensobrados sicarios del micrófono” y no se privó de calificar de “divertido” el cierre de la fábrica FATE? Lo cierto es que desde las usinas culturales del establishment propagan la idea ilusoria de que el pontífice debe “despolitizar su visita”.
Para finalizar, retomando el clásico relato de la derecha de vender futuro, ya que el presente es doloroso, el Presidente les dijo a los empresarios que “la foto es horrible, pero la película que vivimos es la mejor de la historia argentina”. Sus dichos afirman la sensación creciente de frustración y caída de la creencia en las promesas iniciales del discurso presidencial.
Sin embargo, las corporaciones empresarias y el recientemente incorporado embajador Lamelas sostienen el apoyo irrestricto al modelo mileísta. En la apertura del Council, Natalio Grinman, dirigente de la Cámara Argentina de Comercio, declaró que “si la responsabilidad de la libertad implica el cierre de empresas, será el precio que hay que pagar para transformar el país”. Similar conducta política adoptó Alejandro Díaz, CEO de Amcham, Cámara de Comercio de los Estados Unidos en el país, quien remarcó eufórico que contabiliza 14 empresas socias en la minería con grandes inversiones comprometidas. Queda claro que ninguno de ellos recuerda aquello de la burguesía nacional ligada a un proyecto productivo industrialista que genere trabajo, y mucho menos la situación cada vez más crítica, tanto de las cientos de miles de empresas pequeñas como las medianas, cuyo destino está ligado al mercado interno, el trabajo y la capacidad de consumo de la mayoría de trabajadores y clases medias.
Las consultoras que recogen “la opinión del establishment” y sus comentaristas políticos, entienden que, tras las brumas de los discursos presidenciales, defienden la inmutabilidad del modelo, aunque plantean su preocupación por el deterioro social, convocando al Gobierno a que afloje su ortodoxia ideológica y tire un poco de soga para aliviar las tensiones. Se trataría del tacticismo típico del gatopardismo: dar señales de cambio para que nada cambie, sosteniendo ante la opinión pública el eslogan “todo marcha de acuerdo al plan”.
Por su parte, en la sociedad las aguas no se serenan, por el contrario, sigue vivo el rechazo creciente a las consecuencias del modelo en la vida de las personas, el trabajo y la economía cotidiana. Un caso emblemático del momento es la novedosa lucha de las millones de familias endeudadas. Frente a este grave fenómeno social, los voceros del Ejecutivo salieron prontamente a fijar posición ideológica: “se trata de un problema entre particulares, el gobierno no tiene nada que ver ni decir”. La marcha de los endeudados frente al Ministerio de Economía junto a jubilados y trabajadores contó con el apoyo de las centrales sindicales, organizaciones Pymes, movimientos sociales y las organizaciones políticas. Pero, además, como si fuera un miércoles con los jubilados, el jueves amaneció ocupado por centenares de policías, prefectos y gendarmes, amenazantes y alertas para “ponerle orden” al pueblo, que reclama y protesta.