Página/12 | Opinión
Por Juan Carlos Junio
Adentro del Congreso, derrota de Milei, Sturzenegger y el establishment local y extranjero. Afuera, la calle, el pueblo en todas las plazas del país, y en San Cayetano con los curas que convocan a “no resignarse y no silenciarse”. El arzobispo García Cuerva no trepidó en señalar que “hay una clase dirigente que a veces parece mirar para otro lado y poner la energía y descalificaciones en debates estériles, que no le resuelven la vida a nadie”. En solo dos días, la entente entre el poder real y el gobernante recibió tres derrotas: cayó el Decreto 690 del practicaje y pilotaje de barcos, al otro día la ley de tierras y, al tercero, la criminal mutilación de la Ley de Manejo del Fuego. Los analistas de los grandes medios ensayan todo tipo de explicaciones “realistas”, pero nadie puede eludir la conclusión principal: el Gobierno sufrió una grande e inesperada derrota; consecuentemente, la oposición logra un triunfo, a partir del cual deberá asumir perentoriamente el reto de nuclearse políticamente, elaborar ideas y un programa que proponga un proyecto político acorde a las necesidades actuales del pueblo.
Así las cosas, crece la sensación de frustración en la franja de la sociedad que le creyó a Milei, y se derrumban las ficciones teatralizadas de su batalla cultural, desde la casta y la motosierra al kirchnerismo y los zurdos culpables de todos los males de la tierra. Se derrite el mito de admiración y amor por déspotas como D. Trump, su inspiración adoradora de Margaret Thatcher, y ahora del monarca español. Los efectos en el pueblo del trapo malvinero siguen vivos, impregnando con su dignidad a las más diversas capas sociales, su vida cultural y las instituciones democráticas. Retornó inesperadamente un sentido nacional potenciado por un anti-extranjerismo, cuya raíz cultural tiene su origen en la maestra de la escuela pública, que el primer día de clases escribía en el pizarrón: “Las Malvinas son argentinas”. Ese es el sentimiento que debe haber emergido en los muchachos de la Selección cuando se encontraron con el trapo, justo en el momento en que, en la cancha, derrotaban a los ingleses, liberando así sus sentimientos reivindicativos contra el despojo colonialista.
Paralelamente, una gran parte del pueblo que sufre en carne propia las consecuencias de la actual política, va asumiendo que el causante de su situación es el actual modelo económico, el plan y el “rumbo inmodificable” del círculo rojo cada vez más negro. En el ínterin, todos estos factores del poder continúan medrando del ajuste brutal al pueblo, y la “compra” a precio de ganga del patrimonio público. Esa conducta está en su naturaleza, propia de un capitalismo oportunista, depredador y fugador. Esto último explica la conformación de los 450 mil millones de dólares de “activos externos”. Los ganaron aquí con trabajo, producción, científicos y profesionales argentinos y los remesaron, o directamente fugaron, a guaridas en Delaware, Dakota, Luxemburgo, islas caribeñas con nombres simpáticos o Suiza, el más antiguo y encumbrado.
La ultraderecha se engolosinó por el apoyo de las derechas del PRO, radicales y gobernadores con sus legisladores que le votaban todo a cambio de algunos fondos para pagar sueldos, un tramo de ruta o el nombramiento de algún juez electoral. La oleada de rechazo en la opinión pública retornó a los gobernadores a posturas que se compadecen con sus identidades políticas peronistas y el sentido del voto de su electorado. El parlamento fue caja de resonancia del viraje ideológico y emocional que se fue generando en una parte importante del pueblo, particularmente en la juventud, influida por el notable papel jugado por las distintas expresiones de la cultura, músicos y artistas con los cuales se sienten representados. En suma, fue una disputa cultural triunfante con una simultánea movilización popular masiva en toda la geografía del país, inclusive soportando con firmeza la represión de Milei y el primo porteño Macri. Dicho de otro modo, se comprobó que la batalla cultural no estaba resuelta; por el contrario, está abierta. Las invocaciones presidenciales al marxista Gramsci resultan infructuosas.
Mientras tanto, desde los medios serios anuncian la inevitable visita del papa León XIV. Eso sí, claman por su “despolitización”. Están esquilmados con las críticas y la militancia explícita de los obispos argentinos que vienen defendiendo la vida de las mayorías empobrecidas, nuestras riquezas naturales, como la tierra, el agua dulce, los glaciares, y reclaman un modelo económico y social que proteja el trabajo y la vida de su feligresía, a la cual siguen denominando “justicia social”. El propio Papa desde el primer día se declaró continuador de Francisco, con foco en los más vulnerables y en la superación de las desigualdades que se potencian en la actual fase del capitalismo. La Iglesia continúa impulsando un proyecto de desarrollo, sin la exclusión de millones de seres humanos abandonados en la banquina de “los descartables”, o como señala crudamente el Papa León: “que la economía no produzca desechos”. Pero además asume otro tema definitorio: el grave problema social de la pobreza es una consecuencia de la extrema riqueza de una minoría. “La rentabilidad no puede convertirse en el único parámetro para tomar decisiones empresariales”, y a los jóvenes les pidió “romper con el individualismo” para avanzar “en la cooperación y la solidaridad”. En suma, el Papa expresa la continuidad de un espíritu cristiano con centro en el ser humano, como parte de una comunidad social y cultural sustentada en lazos humanistas.
En el marco de una creciente pérdida de consenso y legitimidad del Presidente y su gobierno, el gran empresariado demanda “la continuidad del modelo más allá del ciclo electoral”. Sus organizaciones reclaman que se deben asumir “los trabajos pendientes”, no solo sosteniendo lo logrado, sino también extendiéndolo. Por su parte, la oposición política no logra articular una respuesta acorde a la gravísima situación social que vive el pueblo humilde y las clases medias, instrumentando señales claras con vistas a construir una unión que ofrezca un nuevo proyecto político electoral. Sin embargo, desde las brumas del dolor social y cultural, de las calles y plazas, de las profundas reservas culturales y democráticas, se asoma la esperanza. Es la tarea de quienes tienen la responsabilidad de encauzarlas, amalgamarlas y orientarlas hacia el triunfo de las mayorías populares y por la dignidad y la soberanía nacional.