“No al ALCA”: integración como condición

09/11/2020

Me tocó viajar a Mar del Plata, la noche del 4 de noviembre de 2005. El 5 eran la IV Cumbre y la “Contracumbre” de las Américas. Para mi generación la experiencia del “No al ALCA” significó una epopeya largamente anhelada. No necesitábamos que pasen los años para circunscribir aquello como un hito fundante latinoamericano: lo palpitábamos en el mismísimo tren que nos llevó a aquella ciudad, en la antesala de esa estimulante vigilia que iba a enterrar un nuevo proyecto panamericanista, económicamente anexionista como era el ALCA.

El proyecto propuesto por Estados Unidos buscaba que América Latina encuentre condicionada la búsqueda por consolidar sus capacidades estatales, luego de las crisis neoliberales experimentadas desde finales del pasado siglo. El propio George Bush sobreactuaría la “sorpresa” que le causaba que presidentes latinoamericanos no estén dispuestos a colaborar en resolver el principal interés del gobierno y el sector privado norteamericano: la emergencia china y su potencial rol en la región.

El “No al ALCA” fue posible, primero, porque la anterior Cumbre de las América en la ciudad de Quebec, en 2001, había asumido un preacuerdo con relación a la firma del ALCA, con la excepción en soledad de la reserva propuesta por Venezuela. El golpe a Venezuela en abril de 2002 –que reabriría nuevas experiencias golpistas hasta nuestros días-, reforzó la visión de que ninguna nación podía sostener un proceso de ampliación democrática de manera individual. La pronta llegada de dirigentes populares a los gobiernos de Argentina, Brasil y Uruguay, comenzó a calibrar una misma sintonía integracionista. En paralelo, el inicio de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA) en diciembre de 2004, asomó como una radical ruptura de los patrones neoliberales, sobre principios ideológicos de complementariedad económica y cooperación solidaria apuntando a una amplia integración política, cultural, social y científica.

Si el ALBA era por entonces una agenda alternativa al ALCA, el “No al ALCA” posibilitó la creación de UNASUR (2008) y CELAC (2010). Estos fueron ensayos que buscaban romper con tradicionales modos de “integración”, bajo la premisa de reponer la discusión sobre el desarrollo. UNASUR y CELAC impulsaron grandes debates sobre cuestiones como la defensa de los procesos democráticos, la necesidad de convertir los recursos naturales en eje central para pensar el esquema de integración, relacionando ello con una búsqueda por diagramar una política común de defensa. Aquellos, como los actuales, eran tiempos de una denunciada injerencia de los Estados Unidos en Bolivia. CELAC, en pos de buscar “desmilitarizar” la región, pronunciaba infinitas críticas hacia los límites de los mecanismos tradicionales de “integración” como el TIAR, o la OEA. Lejos de ser la solución eran gran parte del problema. Hicieron agenda regional históricas causas de colonialismo como la de Puerto Rico, la incesante condena al bloqueo a Cuba y el rechazo a la injerencia en Venezuela. Ni hablar de la cuestión Malvinas, que por primera vez se convirtió en una causa regional de denuncia al saqueo de los recursos naturales, y su relación con la militarización del Atlántico Sur asociada a la pretensión antártica.

A 15 años de Mar del Plata, revivimos una experiencia que condensó resistencias y agendas “desde abajo” que trajeron nuevas dirigencias capaces de elaborar “desde arriba” programas y acciones que no dudaron en colocar en el centro de cualquier debate la cuestión de la Soberanía. El “No al ALCA”, además de la consolidación de una serie de respuestas populares continentales a las crisis neoliberales, fue y es ejemplo de cómo los pueblos y sus dirigentes construyen relaciones de fuerza en los escenarios más adversos —y no solo las sufren— al colocar a la Política en toda su dimensión creadora.

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