El aumento de la tensión social

24/05/2026
Locales industriales en venta

Página/12 | Opinión

Por Carlos Heller

El presidente Javier Milei afirmó esta semana que si un marciano llegara a la Argentina y mirara el Boletín Oficial y los números de la economía diría sorprendido: “Esta reconstrucción es maravillosa, este país en 30 años va a ser una de las principales potencias mundiales”.

Nada más alejado de la realidad. Desde el inicio del gobierno, se cerraron 24.500 empresas; más de 300 mil personas se quedaron sin trabajo registrado; el salario real cayó y sigue cayendo; los recortes continúan, por ejemplo, 63.000 millones de pesos en el área de Salud de un Presupuesto que ya contenía el ajuste del año pasado. En la actualidad hay más cierres de empresas y pérdida de puestos de trabajo que durante la pandemia. Todos los días hay una marcha: por la educación, la salud, la ciencia, etc. La crisis crece y, con ella, la movilización social.

La única explicación para la sorpresa del marciano es que bajara en Vaca Muerta: allí hay un proceso de crecimiento sostenido, consecuencia de la reestatización de YPF, en el marco de toda una serie de políticas implementadas por los gobiernos kirchneristas. También hay que recordar la construcción del Gasoducto Néstor Kirchner que contó, entre otras formas de financiamiento, con parte de lo recaudado con la Ley 27.605 de Aporte Solidario y Extraordinario para ayudar a morigerar los efectos de la pandemia.

Otra opción: que el marciano haya bajado por ejemplo en algún yacimiento de litio o minerales, o en algún depósito de tierras raras.

Hace unas semanas, Xi Jinping y Trump discutieron sobre litio y tierras raras. Argentina tiene esos recursos que están en el centro del debate geopolítico mundial. Lo más lógico es que vengan inversiones para explotar esos recursos imprescindibles en la reconfiguración de los procesos de producción global. Pero, tal como lo está planteando el gobierno, los beneficios para el país serán muy pocos y, por el contrario, los grandes ganadores serán esos capitales que vienen obteniendo importantes exenciones impositivas y enormes facilidades para llevarse al exterior los dólares obtenidos como ganancias en nuestro país.

Durante la semana se conoció un nuevo dato sobre el superávit comercial: creció 2.711 millones de dólares en abril, impulsado por el fuerte salto del 33% en las exportaciones, especialmente combustibles. Un segundo dato: hay más de 250.000 millones de dólares en el colchón, es decir, que no están en el sistema. Un tercer dato: la compra neta de billetes y divisas acumulada en el primer trimestre fue de 7.788 millones de dólares y el superávit comercial en el mismo trimestre fue de 5.710 millones de dólares.

Es decir, el publicitado fenómeno de superávit comercial parece no ser suficiente para cubrir la demanda de dólares de los particulares. Así que, ¿dónde está la fortaleza?

Por otro lado, es falso que la deuda pública de la Argentina se haya achicado. Si convertimos a dólares la deuda en pesos y la sumamos a la que ya está establecida en la moneda norteamericana, el total de deuda pública se encuentra en el punto más alto de esta gestión: casi el equivalente a 500 mil millones de dólares. Solo en el último trimestre creció el equivalente a 12 mil millones de dólares.

El Estado se sigue endeudando, en parte para disimular el déficit fiscal que la actual administración produce a través de las llamadas letras capitalizables, cuyos intereses se trasladan directamente como incremento de la deuda. El Fondo Monetario Internacional le ha dicho al gobierno, en el reciente informe del cumplimiento de los objetivos, que, de haberse contabilizado esos intereses en el cuadro de resultados, como es usual, no hubiera habido superávit sino un déficit fiscal de un 0,8% del PBI.

A no ser que se trate de un marciano libertario, no hay modo de ver la “maravilla” que el extraterrestre vería. Aplica la letra de la canción de Divididos: “¿Qué ves? ¿Qué ves cuando me ves? Cuando la mentira es la verdad”.

En este escenario, ¿qué le pide a la actual administración la cúpula de la Unión Industrial Argentina (UIA)? Baja de impuestos y otros beneficios fiscales y cambiarios para las manufacturas, similares a los del RIGI. Otra vez: no cierra. Para generar esa baja manteniendo el supuesto superávit fiscal es necesario ajustar en otro lado. En esta lógica, el ajuste no tiene límites. Cuando se ajusta, se achica la actividad, cuando ello sucede se caen los ingresos, y, por lo tanto, para mantener el equilibrio fiscal es necesario profundizar la restricción del gasto. Este proceso sólo se detiene cuando los ajustados dicen basta.

¿Hasta dónde se puede tensar esta situación sin que genere un crecimiento sostenido de la protesta? ¿Hasta cuándo pueden apoyar los dirigentes provinciales “amigos” los proyectos de ley del Ejecutivo sin que aumente el descontento en sus propios electores?

Apenas iniciada la gestión, el gobierno aprobó en 2024, con apoyo de varios gobernadores y otros sectores políticos afines, una gran cantidad de leyes. Con esa misma composición de las cámaras, una oposición amplia y diversa, que nosotros integramos, logró un tiempo después sancionar un conjunto de leyes que la actual administración vetó e inmediatamente volvimos a aprobar. ¿Por qué? Porque en las provincias la situación se fue poniendo cada vez más tensa, haciendo más costoso el apoyo que ese grupo de gobernadores y otros sectores políticos venían dándole al gobierno. Por eso, cuando nos acerquemos al 2027 y comiencen nuevamente los tiempos electorales, es muy probable que aumenten las dificultades del oficialismo para construir mayorías en el Parlamento. Este miércoles el gobierno logró imponer su sistema de alianzas parlamentarias y consiguió la media sanción en Diputados del recorte de subsidios al gas natural por Zonas Frías, entre otros proyectos. Pero ese apoyo no será para siempre.

Mientras, la actual administración avanza con la privatización del 90% de las acciones de AySA y con la adjudicación del control operativo de al menos un 51% del paquete accionario. Esta película ya la vimos. ¿Qué cambió en los noventa cuando privatizaron Obras Sanitarias de la Nación y la empresa pasó a llamarse Aguas Argentinas? Lo que cambió es que la compañía creada para proveer agua potable y cloacas se convirtió en una compañía dedicada a vender agua potable y cloacas.

Y ahora vuelven a lo mismo. La empresa que se había recuperado, que era otra vez una empresa dedicada a proveer agua potable y cloacas, va a volver a vender agua potable y cloacas. La ecuación ya no va a ser la cantidad de gente que reciba servicios, sino la rentabilidad de la compañía y el precio de esos servicios para que sea un negocio.

Hay mucho para hacer. La cuestión de fondo es insistir en que se trata de la confrontación entre dos modelos, dos visiones de país.

Nota publicada en Página/12 el 24/05/2026

Referentes

Carlos Heller

Presidente PSol

Juan Carlos Junio

Secretario General